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domingo, 28 de octubre de 2007

MINORIAS Y PODER

La Historia en general, y en particular la historia de nuestros antepasados los griegos, nos enseña que el ejercicio de la política en general, y en particular ese ejercicio en el sistema democrático, consiste en un peculiar juego que se desarrolla entre un proyecto y una realidad concretas, que no entre una teoría dogmática y un mito.

Los partidos más o menos mayoritarios que pretenden representarnos en ayuntamientos, comunidades autónomas y gobierno estatal se encuadran, por lo que respecta a su praxis administrativa o gubernativa, entre un conservadurismo más o menos moderado y una propuesta de cambio más o menos dogmática.

Algunos ciudadanos, entre los que me cuento, con una clara definición democrática (no una fe ¡por Dios!) como elección personal y social. Algunos ciudadanos, decía, que puede ser que formemos una minoría o, quizás, un conjunto de minorías que, imposiblemente reunidas, conformarían una mayoría, desearíamos dar nuestro voto a un todavía inexistente partido que se encontrara lejos de la praxis mencionada más arriba. Creo que tenemos el derecho de que nuestro deseo sea respetado, e incluso tenido en cuenta, sin sufrir el acecho de acusaciones realizadas por miembros de los partidos más o menos mayoritarios (quizá para proteger su poder o su posibilidad de obtenerlo) en el sentido de tildarnos de poco democráticos o de poco prácticos.

Mi deseo, que supongo coincide con el de otros ciudadanos, sólo pretende elevar la escena política hacia una mayor exigencia de responsabilidad en los partidos o coaliciones gobernantes, y hacia una mayor y mejor acotación de las parcelas de poder resultantes. Pienso que saldría beneficiada una mayoría de ciudadanos (o una mayoría de minorías) y saldrían perjudicadas unas pocas minorías que, en la actualidad, detentan grandes parcelas de poder.

miércoles, 24 de octubre de 2007

PROPAGANDA Y PUBLICIDAD

(ESCRITO EL 7 DE MAYO DE 2007)

En estos últimos días las calles de nuestras ciudades y las carreteras que dan acceso a ellas se han llenado de carteles publicitarios de los partidos políticos mayoritarios existentes en España. La próxima campaña electoral no ha empezado, pero los partidos que cuentan con más medios se permiten avanzar su inicio saltándose las normas que la regulan por la vía de publicitar sus propias excelencias sin incluir en sus frases hechas ninguna referencia a la votación que se llevará a cabo el próximo día 27.

Estos hechos me dan pie para realizar algunas consideraciones en torno a la publicidad y la política. Se dice que la publicidad ha existido siempre. Esta afirmación no es más que una tergiversación interesada de los agentes económicos que utilizan la publicidad única y exclusivamente para vender sus productos. Desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII los comerciantes anunciaban sus productos en la medida de sus posibilidades con el fin de realizar la mayor cantidad de ventas posible, pero no se orquestaban auténticas campañas publicitarias, como en la actualidad, con el único fin del enriquecimiento de quien o quienes han promovido tal campaña para hacer rentable cualquier tipo de producto, servicio o empresa.

Lo único que en este ámbito sí ha existido siempre es la propaganda, término que hace referencia a las acciones llevadas a cabo con el fin de adherir a una determinada corriente política o religiosa al mayor número de personas posible. Un buen ejemplo de ello es que la Iglesia Católica fundó en 1622 la Congregación “Propaganda Fide” con la doble finalidad de difundir el cristianismo en las zonas en las que aún no había llegado el anuncio cristiano y defender el patrimonio de la fe en los lugares en donde la herejía había puesto en discusión el carácter genuino de la fe.

La publicidad es un invento del siglo XVIII desarrollado, como casi todos los elementos en que se basa nuestra actual sociedad, en el siglo XIX. Su desarrollo se produce con la única finalidad de vender, con el exclusivo objetivo de obtener ganancias económicas, utilizando y desarrollando los antiguos métodos de la propaganda para adherir al producto al mayor número de personas posible y ofreciendo a cambio de dinero algo necesario o innecesario, que posea alguna cualidad o que carezca de ella.

Hoy, uno de los graves problemas que nos atenazan es que la propaganda política se ha convertido en publicidad, es decir, parece que a cambio de ese voto reclamado en exclusiva por un gran rostro y una breve frase, que no por una ideología, un proyecto o una previsión de futuro, se nos ofrece un pequeño bienestar, tan corto como las eficientes frases publicitarias de los carteles, que pronto se marchitará para reclamar en su lugar un nuevo y pequeño bienestar al que podremos acceder en la siguiente votación.

lunes, 15 de octubre de 2007

ESCENIFICACIÓN DE LA DISTANCIA

Hace ya muchos martes que pudimos ver la puesta en escena de la distancia que existe entre el político y los ciudadanos.

Esta distancia no es en sí misma desfavorable. El político tiene que mantener esa distancia para poder ejercer su labor como gestor de cuestiones generales mediante actuaciones ejecutivas y legislativas que afecten a los diversos colectivos de personas sobre los que gobierna. Se podría añadir a este principio fundamental que debe tener en cuenta las implicaciones de las necesidades y exigencias de unos colectivos con las de otros.

Ahora bien, el político debe responder a las necesidades y exigencias de los ciudadanos que le han elegido (hayan votado a su partido o no, puesto que todos los que aceptamos el juego democrático le colocamos en el cargo que le corresponda durante un cierto período de tiempo), distinguiendo entre los objetivos a corto, a medio y a largo plazo.

Las respuestas que dio el presidente del gobierno a las atinadas preguntas de los ciudadanos elegidos se mantuvieron en un plano general, de tal forma que no llegaban a responder a las cuestiones planteadas por ellos. Sobre todo porque el presidente del gobierno no era capaz de (o no le parecía conveniente) transmitir esa distancia que se hace necesaria para el ejercicio de sus funciones. Tampoco, en ningún momento, supo (o quiso) dar cuenta de cómo pretende (o si acaso pretende) responder a las necesidades o exigencias a corto y medio plazo de los ciudadanos.

Vamos a poner dos ejemplos relativos a cuestiones económicas que, como todos sabemos, son la base sobre la que se sustenta, en la sociedad en la que vivimos, cualquier enfoque político.

Un hombre mayor hizo referencia a lo que le cundía su sueldo hace unos años (pocos) y cómo había perdido poder adquisitivo desde la implantación del euro. Un hombre joven planteó el hecho de que con los mil euros que ganaba no podía acceder a la adquisición de una vivienda. El presidente del gobierno respondió relatando la buena marcha de la economía española en general y las medidas sobre vivienda que su gobierno ha puesto en marcha. Ambos ciudadanos, junto a los espectadores que seguíamos la entrevista colectiva, pudimos comprobar que sus respuestas no daban ninguna salida a las situaciones que se habían planteado. El hombre mayor seguiría con su bajo poder adquisitivo y el hombre joven seguiría sin poder acceder a una vivienda.

Desde mi punto de vista el presidente del gobierno evitó intencionadamente aceptar la situación de ambos como representativa de la situación de varios millones de ciudadanos, que es la realidad que casi todos conocemos; es más, se condolió de los problemas particulares de los dos hombres con el fin de desviar la atención hacia generalidades que, en este caso como en otros, no responden a las necesidades y exigencias reales de amplios colectivos de la población.

Creo que el hecho de pretender aislar las cuestiones planteadas por estos dos ciudadanos, como si no fueran claro ejemplo de los problemas a los que se enfrenta cotidianamente una buena parte de la población, es representativo de la actitud del político en las democracias occidentales (que tienden a acercarse cada día más al modelo de Estados Unidos). Un hecho que trasluce un despreciable pensamiento que nunca se expresa en público por parte del político, pero que está latente en las acciones (o la falta de ellas) de gobierno y oposición, y que se podría traducir de la siguiente forma: si los dos ciudadanos mencionados se hubieran ocupado de ganar más dinero no tendrían esos problemas a los que aluden.

PRINCIPIOS

Empecemos por el principio, evidencia o perogrullada que sólo se justifica porque soy una persona con principios que acepta el significado tradicional de ese término. De esto no se infiere que yo sea tradicional, sino reformista y radical.

Algunos de mis principios son los siguientes:

- Todos somos iguales en derechos.

- Todos somos diferentes.

- La uniformización en una tiranía es indeseable.

- La uniformización en una democracia es indeseable.

- La opinión de la mayoría no tiene por qué ser la mejor (ni la peor).

- Las opiniones dominantes no son las únicas posibles.

- Cualquier opinión tiene valor por sí misma, no por su adscripción a una tendencia política.

- Hay que distinguir entre opinión y propaganda.

- Uno de los factores más definitorios de una democracia es que siempre es mejorable.

- Hay que saber y ser consciente en todos los momentos de nuestra vida que una parte del bienestar personal y social que disfrutamos se debe a la existencia de un tercer mundo, a las condiciones inhumanas en que viven millones de personas.

- La mentira personal nos hace humanos. La mentira social o política nos hace inhumanos.

- La ironía (distancia) es la mejor facultad para ejercer el espíritu crítico.

- El disfrute de la belleza hace mejor al arte. El arte nos hace mejores.

- Nuestra vida consiste, toda ella, en la forja de un alma para conducirla, irremediablemente, a su completa desaparición.